“Conmigo solo contiendo
En una fuerte contienda,
Y no hallo quien me entienda
Ni yo tampoco me entiendo.
– Jorge Manrique, Cancionero General, 36 (1511)

La aventura adolescente, una aventura azarosa del principio al fin.

Vivimos en una época en la que el propio sistema de ideales parece estar profundamente puesto en cuestión. Esto quiere decir que, a pesar de lo que puede verse y escucharse en los discursos públicos, en los medios, en la opinión de la gente, no es seguramente la adolescencia la que está en crisis, (y aún si así fuera, eso no tendría nada de particular, dado que la adolescencia es de por sí un período esencialmente crítico), sino la adultez, depositaria del ideal social es lo que está en conflicto y esto problematiza aún más a nuestros adolescentes.

Muchos adultos, lejos de ser soportes de la función ideal ahora son fuertemente cuestionados, dirigen su atención en busca de un ideal orientador…una adolescencia convertida en nuevo ideal, por tanto ésta amenaza con eternizarse. Adultos que idealizan la adolescencia con estados mentales adolescentes y adolescentes identificados con pseudoadultos.

La propaganda pareciera que radica en que nunca es momento de “ser grande”, se trata, en cambio, de seguir siendo siempre joven. “Grande” entendiéndolo como el que toma responsabilidad sobre sí, el que se piensa.

Los límites y diferencias entre adolescencia y adultez tienden a desdibujarse, a borrarse. Y esto resulta para los jóvenes en otro tipo de problema, coincidir con los ideales y con quienes los sostienen actualmente puede ser una gran conflictiva, a veces es más peligroso para ellos no tener con quién o con qué disputar sobre las diferencias que pone una autoridad. Por este motivo, los adolescentes se quedan entonces sin orientación posible y sin frente que los confronte, los adultos por su parte, parecen no poder o no querer dejar nunca la adolescencia atrás.

Sin embargo, aunque se necesita quién marque los límites, no hay relación de exclusión entre adolescencia y adultez, todo lo contrario. Los dos períodos se remiten mutuamente entre sí, en relación al proceso de crecimiento. Pero uno no aborta al otro.

Etimológicamente, ambas vienen del verbo latino adolesc re, que significa “crecer”, adolescens es su participio activo o de presente, “el que está en proceso de crecimiento”, en tanto que adultus es su participio pasivo o de pretérito, “el ya crecido”, aquel para quien el proceso de crecimiento ya concluyó.

No es, el crecimiento físico lo que está en juego, en el plano del desarrollo somático un adolescente accede muy rápidamente a la adultez, el cuerpo y la edad cronológica no dan acceso a la adultez. La manera de enfrentar las emociones, los vínculos, los conflictos, las incertidumbres, etc.. es lo que puede dar luz a una adultez, una adultez con potencial de ser mejor cada vez, de ir integrándose de a poco, con un crecimiento continuo, un crecer lleno de agradecimiento de quienes se aprende y esfuerzo por encontrar lo propio.

El ideal que cada sociedad sostiene y ofrece a sus miembros como modelo, como oferta identificatoria: “así hay que ser”, es a lo que se enfrenta el adolescente.

Abierto al conflicto con ese ideal y con un mundo adulto en general, confrontarlos es un aspecto fundamental de la experiencia y de la problemática adolescente, el joven tiene que confrontar esos ideales para que surjan los propios, dejar de ser el deseo de una sociedad, de una familia, para encontrar el propio deseo.

El epígrafe de Jorge Manrique, da cuenta de manera concisa de una dimensión esencial de la experiencia de todo adolescente. Es un adolescente sujeto de la contemporaneidad, desgarrado en una lucha cuyo sentido apenas puede entrever pero que atraviesa el conjunto de su experiencia.

La búsqueda de un sentido, el cuerpo y la mente están en una constante búsqueda de asignar un significado, mismo que al alcanzarse empodera y reorganiza, integra, dirige una pregunta sencilla y compleja a la vez, ¿qué soy? hacia un ¿quién soy?, un camino que va de la preocupación por la cantidad al enfoque por la calidad y la cualidad. Un proceso que comienza por imitación e identificaciones, pasa por lo contestatario, hasta que de a poco culmina en una poderosa tranquilidad de encontrarse, de generar una identidad.

El adolescente, se encuentra en un momento, donde la piel, los músculos, las emociones, la hormonas, los huesos, el odio, el amor, los órganos, etc., todos ellos gritan por ser contenidos, trabajados, que algo los conecte y los dirija.

Que este sujeto adolescente pueda llevar esa conflictiva a una práctica del Yoga y pueda permitir que allí se despliegue, no le brindará respuestas rápidas que saturen de sentido y que apaguen toda incertidumbre, ni tampoco le propondrá nuevos y mejores ideales orientadores y normalizadores con los que identificarse. No, pero podrá crear un ámbito donde esas inquietudes e interrogaciones puedan desplegarse, ofrecerle recursos para explorarse, sostener sus propias preguntas y producir sus propias respuestas por incompletas y provisorias que puedan ser. Es servirse de su propia mente y cuerpo como sujetos de su propia orientación en su trayectoria. Que encuentren formas que puedan responder de maneras más creativas a las necesidades de salud física, claridad mental e inteligencia emocional por las que la etapa demanda.

Un “Yogi” es la persona que sigue la vía de la unión. Ya sea que su sendero sea el devocional, la acción, el cuerpo o la sabiduría, en general se dice que es un “yogui”  es aquel que busca lo Real. Ser que ha completado el yoga, la unión (y no simplemente un practicante).

El “Yogui” surge cuando ha controlado su mente, su intelecto y su yo, se halla absorto de su propio espíritu. En la agitación adolescente, la mente, el intelecto y el yo, se movilizan mediante la práctica del Yoga, que trabaja en su interior y encuentra una realización. Un encuentro íntimo consigo mismo.

El Yoga puede influir tanto independientemente en la etapa mental o cronológica en la que uno se encuentre ubicado, que provoca grandes transformaciones, transformaciones necesarias en la sociedad que nos rodea, pero no nada más en la fuerza, flexibilidad, en el logro de posturas, en lo estético, sino al interior, nos referimos al cambio en la manera de percibir, recibir y dar emociones. En la manera en la que decides crecer y relacionarte en todo lo que haces.

Gracias por compartirnos!

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