Majo Villaseñor

Instructora de yoga

Cuando se evoca a B. K. S. Iyengar en los salones de yoga es, generalmente, para hacer referencia a su trabajo de asanas calculadas, profundas y complejas. Tendemos a relacionarlo con un yoga  físico, de método rigurosísimo, que implica la construcción de posturas con la ayuda de toda clase de aditamentos y estrategias para adaptar el cuerpo. Ese es el yoga como lo concebimos hoy en miles de estudios y shalas de este lado de la tierra.

Desde que el yoga nos fue revelado hace algunas décadas, las sociedades occidentales hemos ajustado la práctica a nuestras necesidades, a nuestras aspiraciones, a nuestro modo de vivir y entender, o tratar de entender, lo que vivir significa.  El trabajo de B. K. S. Iyengar tuvo la inteligencia de amoldarse a la mente y al cuerpo en occidente. Sin embargo, viendo más allá del método que lleva su nombre, el maestro también fue un yogui en el sentido amplio de la palabra.

Bellur Krishnamachar Sundararaja Iyengar nació un 14 de diciembre de 1918. Su vida corrió paralela al siglo XX, que había arrancado violento y convulso. Por ese entonces el territorio de la India, país natal del maestro, formaba parte del dominio colonial conocido como Raj Británico.

Tras una infancia difícil, marcada por una lucha constante contra la enfermedad, las raíces familiares lo condujeron a Mysore, donde se inició en la práctica del yoga bajo la tutela de su célebre cuñado Sri Tirumalai Krishnamacharya.

A los 18 años Iyengar fue enviado a Pune para compartir lo aprendido. Corría la década de los 30 y la cultura física, la obsesión por un cuerpo fuerte y entrenado, jugaba como elemento en la construcción de los grandes proyectos ideológicos del siglo. El yoga se filtró con relativa facilidad en ese entorno.

Fue el inicio de una vida de enseñanza que no ha cesado: Iyengar impulsó su método a niveles globales durante siete décadas, abriendo camino a miles de yoguis. Realizó también importantes trabajos de sistematización y difusión de la técnica, filosofía e historia de la práctica.

El Árbol del Yoga, uno de sus libros más célebres y del que hablaré en esta reseña, es la visión de un maestro que entiende su materia no como una disciplina del cuerpo o una disciplina de la mente, sino como una filosofía práctica, una filosofía en acción.  El texto, publicado por primera vez en 1988, contiene un bello mensaje que, de la manera más sencilla, y de la mano de alguien que conoce a la perfección las grandes neurosis contemporáneas, trata de exponer la universalidad y la trascendencia del concepto yoga como unión, integración, totalidad.

Mediante la comparación del yoga, sus campos y posibilidades, con la estructura de un árbol echando mano de una esas hermosas metáforas que tanto nos fascinan en occidente Iyengar nos comparte una forma de vida asentada en una gran sencillez, que no por eso se halla al alcance de la mano sin un esfuerzo sostenido y concienzudo.

La primera sección del libro se encarga de convencernos de este asunto: yoga, unión, es para todos. No es necesario renunciar al mundo, usar túnicas o dejar de hablar para perderse en un bosque remoto; incluso se promueve lo contrario, yoga es alcanzar este estado de gozo mediante lo que tenemos, es decir, nuestro cuerpo, nuestra vida y nuestra circunstancia.

Importa decir que este texto le habla primordialmente a quienes llevan una vida bajo las normas sociales más aceptadas, dentro de las formas que rigen al mundo; mujeres y hombres con trabajos, con vidas familiares tradicionales que se desarrollan en etapas y estadios definidos. Iyengar mismo fue un hombre profundamente arraigado a la tradición. Como sea, en nuestro contexto, donde  también existimos quienes hemos decidido ordenar nuestras vidas de otras formas, una lectura cuidadosa y comprensiva del Árbol del Yoga puede hablarnos, puede alcanzarnos a todas y a todos; finalmente este asunto se trata de un trabajo creativo que se forja con aquello que tenemos a la mano. El yoga, visto de este modo, implica el dominio de la vida propia y esto se traduce en libertad, ese concepto tan polémico.

En la segunda sección de su libro Iyengar explica bellamente cada una de las partes del árbol del yoga. En este punto hace una concesión sabiendo que sus lectores somos mayoritariamente practicantes de asanas, de modo que emprende el ejercicio de aterrizar los conceptos de la filosofía yóguica en el contexto de la vida de una persona en el tapete. Se nos brinda aquí una lectura doble que aborda el modo de incorporar los principios de la práctica del yoga en la ejecución de asanas y, luego, la forma de integrar las experiencias de la práctica de asanas a todos los aspectos de la vida.

Iyengar ofrece guías, pistas y claves que no tienen desperdicio. Nos invita a colocar el enfoque mucho más allá del reto físico, en el territorio donde surge el campo de la atención consciente, la meditación en la postura y la capacidad de habitar en el cuerpo, llenando con una mente clara cada confín del ser físico, energético, mental, intelectual y emocional. Es decir, concebir asana como un estado de contemplación en el que se aprende a morar tranquilamente en todos los dominios del sí mismo.

Tras explicar el árbol del yoga, Iyengar se concentra en una serie de aspectos relacionados con la práctica de asanas y su técnica. Nos habla sobre los frecuentes usos y abusos del yoga y comparte varias anécdotas con la clara preocupación de dejar en claro que el nivel de experiencia cuenta y es parte de la integridad que se desea por parte de un maestro que trabaja con los cuerpos y las emociones de otros. Esta reflexión es de capital importancia para quienes desean enseñar a otros. El maestro sentencia: si no lo sabes, no lo enseñes.

Más adelante Iyengar retorna del fruto a la semilla del árbol recordando que yoga implica no sólo el desarrollo de la consciencia de adentro hacia afuera; este proceso, nos dice, estaría incompleto sin el viaje de regreso. Aquí nos suelta una idea interesante: el cerebro es la periferia de la consciencia. La consciencia del dedo, de la punta de la nariz, de la presión entre los dientes, está dormida porque nos concentramos en la cabeza. Para el yogui, nos dice, el cerebro abarca desde las plantas de los pies, hasta la frontera de la coronilla. Conquistar ese reino, que por cierto ya es nuestro, requiere despertar esa conciencia dormida por medio de la extensión máxima de la atención consciente, incorporando a la experiencia las prácticas de pranayama y meditación.

En sus últimas consideraciones nos regala varias ideas en torno a la pedagogía y a la relación entre alumno y maestro. Es fascinante leer a un hombre formado en una de las tradiciones de enseñanza más interesantes de la faz de la tierra; en la India se han generado dinámicas muy particulares para la transmisión del conocimiento. Muchos alumnos aprenden cultivando relaciones de aprendizaje en gran cercanía de su guía, quien realiza un trabajo sostenido y los conoce profundamente. Iyengar parece ser así: se afana en aprender de los alumnos con energía y con un gran énfasis en la creatividad, la experimentación responsable, la práctica continua. El maestro, nos dice, debe trabajar en estar integrado y debe transmitir esa integración al alumno.

Una reseña sobre El Árbol del Yoga de B. K. S. IyengarEl trabajo realizado por Iyengar en este libro es sorprendente pues aborda todo lo que les he contado en doscientas páginas. La necesidad imperante de dejar una enseñanza a maestros y practicantes se adivina en cada hoja. Es un árbol cargado de frutos. Este texto es una invitación a la eterna búsqueda de balance: entre afuera y adentro, entre presencia y renuncia, entre la universalidad y el sí mismo; de la semilla al fruto, del fruto a la semilla.

¡Gracias por compartirnos!

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